Sobre los debates: Conversación para el debate

Dr. Rafael Serrano Partida/OLM / Después del malogrado “debate” entre los candidatos a la presidencia me hizo recordar lo que significaba el debate en tiempos pasados, en épocas de Mario o de Pericles, y cuando el debate era un procedimiento para convencer y para aprender. En Roma y en Grecia era un método para tomar decisiones sobre la cosa pública (res-publica) y que después en la edad media, fue utilizado como instrumento para aprender y para incorporar ideas nuevas a partir de la refutación y la corrección de lo dicho. Implicaba reglas para argumentar y para contra-argumentar, tiempo razonable para exponer y un mediador (moderador) que no solo controlaba el tiempo sino que resumía los argumentos, a favor y en contra. Implicaba respeto para los que proponen y los oponentes; era un ejercicio público de la razón.

Nada más alejado que lo que vimos este pasado domingo: 5 candidatos acotados por el tiempo, conducidos por unos bustos parlantes que intervenían con un guión periodístico; donde nadie argumentaba sino soltaba frases más o menos llamativas que resumían en minutos ante implacables moderadores. Lo que vimos fue un esperpento de debate o como dicen ahora un debate líquido que perdió su sentido profundo: convencer al otro con argumentos. Por eso hablar de ganadores o de perdedores es eufemístico, en realidad perdimos todos y la república se empobreció.

A continuación les presentó lo que sería un de debate serio y relevante.

¿Qué es un debate?

El debate es un dialogo para intercambiar argumentos diferentes u opuestos y requiere no sólo de un procedimiento/protocolo sino del ejercicio de ciertas virtudes. Remiten al rigor, a la máxima kantiana de la imparcialidad (pensar desde el lugar de otros); al espíritu del rescate (recoger datos variados y desde diversos puntos de vista) que implica el reconocimiento de los otros y lo otro; y a la integridad epistémica que se refiere a la coherencia de la explicación, su contrastabilidad y poder prospectivo, a su racionalidad.

El debate o la disputa sirven para tratar confusiones, incertidumbres, dudas conflictos y problemas (perplejidades)[1]. La disputa tiene como finalidad reconstruir una explicación, un entendimiento o una comprensión, realizar críticas para evaluar/valorar normas, reglas o comportamientos. Se realiza en ciclos argumentales[2] que guardan una estructura; está compuesta por cinco componentes: el actor que lleva la propuesta (proponens); el actor que se opone o ataca (respondens); el problema, conflicto o perplejidad que se va discutir; el tiempo de la disputa, el actor que controla el diálogo de la disputa y que dictamina el resultado del debate (magister). El ciclo argumental consiste en que los actores ego-alter convertidos en replicante y oponente sigan un protocolo:

  • primero, el replicante (proponens) sustenta o afirma una propuesta;
  • segundo, el oponente ataca/contra-argumenta esa propuesta;
  • tercero, el replicante defiende su propuesta;
  • cuarto, el oponente ataca las defensas del replicante.

En este ciclo el magister supervisa y regula el debate y fija el tiempo del mismo, en su principio encuadra la disputa; en su finalización, resume las conclusiones e indica el argumento ganador de la disputa.

Ilustración 31. Ciclo de la disputa

Las reglas para desarrollar el acuerdo o el consenso requieren que los actores sigan ciertas máximas para entender/comprender-se: pensar por uno mismo, pensar en el lugar de los demás y pensar de acuerdo a uno mismo. Es decir, los actores debn ser íntegros (evitar el engaño y la cobardía) y tener rigor: ser pertinentes, precisos y claros en sus argumentos, peticiones, promesas y compromisos.

 

Se proponen las siguientes reglas argumentales:

 

  • Argumentar más que expresar una opinión: una opinión es un juicio endeble, mientras que una argumentación es una reflexión que me dice el porqué, es una explicación sustentada. El grupo escolar debe aprender a argumentar y a distinguir la argumentación de las opiniones.
  • Utilizar las palabras con precisión y tacto. Una palabra es un término que refiere a una cosa u objeto (reducir en la argumentación los muchos significados: la polisemia). Hay que enseñar a los alumnos a ser pertinentes y responsables con el lenguaje: a veces una pipa no es más que una pipa.
  • Evitar los vértigos argumentales[3]. No minimizar o maximizar innecesariamente. Las posiciones polares son demasiado drásticas y casi nunca se justifican. No debemos objetivar ni subjetivar todo. No debemos ridiculizar, sublimar, simplificar o complejizar demasiado. Hay que aprender a tener perspectivas intermedias, juzgar recogiendo matices, evitando los argumentos doctorales o infalibles. Tampoco es correcto tratar de destruir la argumentación del otro con el único objetivo de hacerle daño.
  • No caer en las tentaciones del poder de la palabra. Es mejor tener la humildad de no ser dueño de la certeza absoluta, pero tampoco de la ignorancia absoluta. Ser prudente y tolerante: no traer detectores de destrezas en la cabeza ni argumentos infalibles que destruyan la argumentación de alter.
  • Ni juzgar, ni analizar ni sancionar. Son las actitudes del que quiere conocer el desacuerdo y la oposición.
  • Entender para comprender. Comprender es un acto de situarse en el lugar del otro y entender es tener datos que muestren con certidumbre lo que sucede.

 

[1]“La perplejidad es un estado de tensión ante dos opciones, que se presentan ambas como válidas para un sujeto moral. Esta tensión llega a resultar insoportable; por ello es necesario abandonarla. En la actualidad, dos corrientes se presentan como guías para salir de tal situación de desasosiego: la /ética discursiva, que propone el consenso como criterio, y el neoaristotelismo, que propone la vuelta a la eticidad comunitaria.” (Siurana Aparisi, s/f).

[2] Un ciclo son fases por las que atraviesa un fenómeno o suceso hasta que aparece una fase anterior (Pereda, 1994. p19).

[3] “Con la palabra vértigo solemos aludir a una atracción que se considera, a la vez, atroz e irresistible. La atención del sujeto en cuestión se ha vuelto presa de un mecanismo que lo arrastra. Analógicamente, propongo pensar en vértigos argumentales cuando se desencadena el argüir un dispositivo de repetición tal que todo argumento tiende usarse para: a) prolongar la discusión en cierta dirección, ignorar la exploración o argumentos alternativos; b) reafirmar los presupuestos básicos de la dirección ya tomada, sin admitir un cuestionamiento serio; c) inmunizarse ante los ataques no cooperadores y d) a, b y c pasan a sobrentenderse con otros sobreentendidos.”(Pereda, 1994: pp107-108).

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