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Narco Guerra en pantallas de televisión

Enviado por observa on March 14, 2013

ioan-grillo_0.jpgCompartimos con ustedes este poderoso artículo de Ioan Grillo publicado en DissidenteBlog.org sobre los medios de comunicación mexicanos y la narco violencia.

"¿Tiene un valor periodístico para ayudar a descifrar este derramamiento de sangre?"

La realidad en México es de miedo, y la mafia de la droga quiere que la gente se asuste. Como periodista en México, ¿puedes mostrar a la gente lo que realmente está sucediendo, o sirves a los propósitos de las organizaciones criminales si se hace esto? Esta cuestión se plantea por Ioan Grillo, quien escribió un libro hace dos años que ha llamado mucho la atención llamado El Narco. Aquí escribe en exclusiva para  Dissident Blog acerca de las preguntas que se han planteado a raíz de su libro.

 

09 de marzo 2013 Texto: Ioan Grillo

El video que él me dio,  me puso enfermo, triste, preocupado y excitado.

Filmado por un grupo de asesinos o sicarios que llevan a cabo un golpe, o que con el neologismo  mexicano se conoce como ejecución. La imagen es granulosa y pixelada, casi con toda seguridad filmado desde un teléfono celular. El autor presiona la cámara del teléfono celular salvajemente, lo que indica que está bombeando adrenalina. Él apunta a un sicario de veinte años, vestido con pantalones vaqueros y zapatillas de deporte, sosteniendo un rifle Kalashnikov y apretando el gatillo, hace que se sacuda con fuerza contra su hombro. Apunta la cámara a un viejo sicario, que lleva una gorra de béisbol y uniforme negro y que está armado con una 15 AR, la versión "civil" del M16 de que las tropas estadounidenses han utilizado desde Vietnam hasta Afganistán. Apunta la cámara a la víctima, su cuerpo rebota con los impactos de bala, la sangre bota a chorros como el agua cuando cae en la acera.

¿Qué voy a hacer con esto? El video muestra la acción que nosotros, los periodistas, nos perdemos cuando tratamos de documentar la violencia implacable del México narco. Siempre llegamos a la escena después de las "ejecuciones" y cuando terminó la acción. Cuando los realizadores de documentales ilustran películas sobre el conflicto narco en México, tienen imágenes de miles y miles de cadáveres para elegir, pero la lucha misma no. No podemos integrarnos con los combatientes, como los periodistas se integran con las tropas estadounidenses en Irak o incluso rebeldes en Siria. Fotografías icónicas de Afganistán muestran muecas soldados en medio de tiroteos. En la mayoría de los las tomas de la violencia en México, los fotógrafos retratan algunas veces con cierta belleza, sólo cuerpos. ¿Debo poner este vídeo de la ejecución en los documentales y piezas de comunicación que hago? ¿Tiene un valor periodístico para ayudar a descifrar este derramamiento de sangre?

Sin embargo, existen graves problemas éticos con el uso del mismo. ¿Se puede permitir que alguien se involucre con una pandilla de asesinos para ser su fotógrafo? ¿Estaría actuando como un vehículo para la propaganda de la violencia, lo que ayuda a sembrar el terror? ¿Se puede adecuadamente verificar la autenticidad del video? Y ¿qué pasa con la víctima? ¿ Mostrar su asesinato en un programa de noticias es injusto para él y su familia?

El factor más decisivo es la seguridad. Yo no creo que se pueda distinguir en el video los rostros de los sicarios. ¿Pero si alguien si puede? ¿Se puede utilizar como prueba para un arresto o enjuiciamiento? ¿Dará lugar a una venganza? ¿Podría provocar la ira de alguien? Y por esta razón, decido dejar fuera el video del noticiero de las diez.

El_Narco0001.jpgAl cubrir derramamiento de sangre en el México narco, los periodistas lidian con cuestiones internas de este tipo días tras día. Los gangsters dejan montones de cabezas decapitadas en plazas de las ciudades. Ellos imprimen mensajes en mantas, haciendo acusaciones graves contra los políticos. Dan a los medios, videos de matones torturando y asesinando a hombres atados a sillas en las salas oscuras. ¿Cuáles son las pautas para cubrir esto? ¿Cuál es el equilibrio entre informar al mundo acerca de un cataclismo histórico trágico, pero importante, o ser portavoz de los asesinos en masa? y ¿La protección de los periodistas? ¿Qué es la libertad de expresión en este contexto?

Estos dilemas periodísticos subrayan los rasgos centrales de la guerra del narcotráfico en México, que todo el mundo se esfuerza por entender. Se trata de un conflicto armado atípico. No ha habido otra guerra de baja intensidad como esto antes en otro país, aunque es posible que falta por ver lo peor. Narco pistoleros actúan  como guerrilleros, utilizan granadas propulsadas por cohetes y portan armas al cincho, aunque no poseen una ideología. Los cárteles pelean por territorio, todavía siguen siendo clandestinos, actuando como fuerzas siniestras en las sombras. El Gobierno niega que haya un conflicto armado, diciendo que es un problema puramente criminal, y sin embargo los soldados han asesinado a más de 2,000 personas en un lapso aproximado de cinco años, de acuerdo con sus propios números. Mientras que una primitiva violencia es brutalmente difundida a través de los medios de comunicación de alta tecnología de telefonía celular, vídeos de YouTube y Twitter.

Los periodistas que viven en los estados que son la primera línea de fuego, donde la violencia es más intensa, hacen sus coberturas en condiciones extremadamente estresantes. En Michoacán, Chihuahua, Nuevo León, Tamaulipas, Guerrero, Sinaloa, Durango, Veracruz y otros, saben que una decisión equivocada puede traer pandilleros  a disparar sus rifles y granadas en sus oficinas, o irrumpir en sus casas y arrastrarlos hacia la oscuridad. El asesinato de decenas de trabajadores de los medios en los últimos años es contundente y cada nuevo caso refuerza el terror. El número de muertos de los periodistas es, trágicamente, la historia central de la libertad de expresión en México.

El derramamiento de sangre ha dejado agujeros negros en algunas partes del país, donde los periodistas han huido o se han refugiado en la auto-censura. Un coche bomba explotó en Nuevo Laredo en junio pasado, a minutos de la frontera con EE.UU., que dejó como saldo siete heridos en el hospital. No tuvimos ningún vídeo o fotos para los boletines de noticias, porque la mayoría de los medios de comunicación están demasiado asustados como para cubrir la violencia en la ciudad. En el mundo de hoy, donde se archivan todos los acontecimientos en imágenes, la falta de video de una atrocidad como esta reduce su impacto. Comenzamos a preguntarnos si el evento realmente ocurrió, en nuestra realidad teleguiada. Las víctimas que viven sus vidas con cicatrices de quemaduras en sus rostros saben todo lo contrario.

Pero a pesar de estas tierras de nadie, también hay que reconocer la valentía y la resistencia general de los periodistas regionales de México, que se mantienen en la cobertura de este conflicto, a pesar del ataque sistemático contra ellos. Ellos son los soldados que proporcionan imágenes de tiroteos en la Tierra Caliente de Michoacán, fotografían a los cuarenta y nueve cuerpos decapitados en una carretera cerca de Monterrey, entrevistan a humildes madres  que lloran mientras peregrinan a San Fernando para ver si un cuerpo arrastrado a un pozo es su hijo perdido.

Yo y otros que hemos escrito libros y documentales realizados sobre esta guerra narco, nunca hubiéramos podido hacer nuestro trabajo sin la ayuda de periodistas locales que informan, año tras año, el trágico conflicto en sus comunidades. Siempre me impresiono por su empuje y generosidad al compartir tanto sus conocimientos como su amistad. Mientras comprendo que la guerra está llena de historias de bandidos, pero también contiene historias de valentía y compasión.

La primera vez que llegué a México de Gran Bretaña en el año 2000, el día anterior que el presidente Vicente Fox asumió el poder, poniendo fin a siete décadas de gobierno de partido único por el Partido Revolucionario Institucional o PRI. En los medios de comunicación estadounidenses y británicos, lo presentaban como un momento de optimismo y esperanza, de un presidente democrático favorable al mercado que podría traer a México en el siglo XXI, con todos los derechos de los estados modernos, como la libertad de expresión. Pero a medida que avanzaba la década, esta libertad estaba amenazada por una nueva fuerza-los escuadrones de la muerte de los cárteles-, financiados por miles de millones de dólares en ganancias de la droga de los usuarios estadounidenses. El gobierno era menos capaz de sobornar y coaccionar a los medios de comunicación, pero los periodistas fueron atacados cada vez más por estos nuevos gangsters.

Seguí a periodistas mexicanos que cubrían la fuente criminal en ciudades como Nuevo Laredo, a lo largo del Río Grande desde Laredo, Texas; que fue uno de los primeros lugares a sufrir de este nuevo tipo de guerra urbana. Los periodistas mexicanos llaman a esta fuente "la nota roja", que literalmente significa "la noticia roja". Eran extremadamente hábiles para averiguar cuándo se había producido un asesinato mediante el escaneo de radios de la policía o de una red de contactos para luego “quemar caucho” para llegar a la escena del crimen antes de que fueran bloqueadas.

Nos gustaba recibir llamadas, cuando estábamos en medio de la cena para salir corriendo del restaurantes pasando semáforos en rojo con nuestra adrenalina bombeando para llegar a ver a otro cuerpo retorcido en el hormigón… otro llanto de una mujer devastada.

Este trabajo sucio de los periodistas, que documentan asesinatos de un lado y otro del país, ha expuesto la escala de este conflicto emergente. Los periódicos nacionales y canales de televisión hacen un recuento de los asesinatos acreditados a los grupos del narco, llamado (término bastante enfermizo) “Ejecutómetro”. En 2004, se contaron más de 1,000 homicidios. Para 2011, esta cifra había aumentado a más de 12,000 casos en un solo año. Los números producidos por la prensa son aterradores, lo que atrae la atención internacional hacia la violencia mexicana.

El primer video sobre una tortura y asesinato que recuerdo, llegó a finales de 2005. Muestra a un hombre atado a una silla rogando por su vida y confiesa a varios crímenes, incluyendo el asesinato de un periodista de radio en Nuevo Laredo. Parecía ser  torturado por un cártel rival y que los hechos fueron filmados en Acapulco. (Curiosamente, el video fue enviado anónimamente a un periódico regional en el noroeste de Estados Unidos.) Al final de la video, aparece una mano con un arma y le dispara al hombre en la cabeza.

Al año siguiente, los asesinos de este cártel (los Beltrán n.t.) comenzaron a decapitar a sus víctimas. Las cabezas de dos jefes de policías se quedaron expuestos en una pared en Acapulco. Luego rodaron cinco cabezas de matones, en una pista de baile  de una discoteca en Michoacán: una atrocidad que finalmente ocupó los titulares mundiales. Un video de esta escena es inquietante. Las caras parecen inquietantemente tranquilas, sus músculos inexpresivos demuestran la vida que se les ha escapado. Pero al mirar hacia abajo se ve el horror de los cuellos decapitados que se bañan en charcos de sangre. Mientras que esta atrocidad que ha conmocionado a todo el mundo, también inspiró otros carteles de seguir y, pronto parecía que cada escuadrón de asesinos en México tenía el hacha de un verdugo en su arsenal. Sólo el año pasado se reportaron a más de 500 decapitaciones.

Hay una discusión acalorada en cuanto a por qué los asesinos mexicanos optaron por la decapitación. Algunos dicen que se inspiraron en los videos de Al Qaeda, como el de mayo de 2004 que muestra la decapitación de un hombre de negocios de EE.UU. en Irak, el cual apareció en algunos canales de televisión mexicanos. Otros dicen que los mercenarios guatemaltecos introdujeron la técnica. Los miembros de la fuerza elite Kaibil habían cortado las cabezas de los rebeldes de izquierda para aterrorizar aldeas durante la brutal guerra civil de Guatemala; al desertar del ejército, vendieron sus habilidades a mafiosos mexicanos, convirtiendo tácticas de  anti-insurgencia en tácticas de terror para los carteles. Otros apuntan al uso histórico de la decapitación en México de los sacrificios humanos por los aztecas, o  a los españoles virreinales que  exhibían públicamente las cabezas de los líderes de la independencia.

Cualesquiera que sean las razones, los cárteles han recurrido cada vez más la violencia para actos de propaganda pública. Esto sólo se intensificó cuando el presidente Felipe Calderón asumió el poder en 2006 y declaró una ofensiva militar contra el narcotráfico, dando lugar a una fuerte escalada de la violencia. Los policías fueron asesinados y sus cuerpos vestidos con sombreros cómicos; en otra ocasión un rostro humano fue cosido a un balón de fútbol, ​​los asesinos hicieron videos de doce víctimas decapitadas; entre los dieciocho y los  cuarenta y nueve años. Era como si los cárteles rivales jugaran  poker de altas apuestas y,  siguieran  elevando las apuestas para tratar de ganar la partida. Nadie podía dar marcha atrás.

Los medios de comunicación lucharon para entender cómo cubrir esto. Después de dar primeras planas a estas atrocidades, se preguntaron si estaban jugando el juego de los gángsters. Unos hombres armados, que fueron arrestados por poner un coche bomba, dijeron que deliberadamente habían planeado los ataques para que coincidieran con los boletines de noticias de la televisión. Pero los periodistas estaban bajo presión por todos lados. Editores recibiendo llamadas de matones, asegurándose para que cubrieran masacres específicas y otros advirtiéndoles que de no cubrir ciertos eventos o utilizar ciertos nombres.

Cuando hombres armados mataron a un joven fotógrafo del Diario de Juárez en su hora de almuerzo en el año 2010, el periódico publicó un editorial señal dirigida a los cárteles, titulado "¿Qué es lo que quieren de nosotros?".

" Ustedes son, en estos momentos, las autoridades de facto en esta ciudad, porque los mandos instituidos legalmente no han podido hacer nada para impedir que nuestros compañeros sigan cayendo, a pesar de que reiteradamente se los hemos exigido. ", dijo el editorial. " Hasta en la guerra hay reglas. Y en cualquier conflagración existen protocolos o garantías hacia los bandos en conflicto, para salvaguardar la integridad de los periodistas que las cubren. Por ello les reiteramos, señores de las diversas organizaciones del narcotráfico, que nos expliquen qué quieren de nosotros para dejar de pagar tributo con la vida de nuestros compañeros. "

El gobierno de Calderón reaccionó con enojo a la editorial. Mientras tanto, las fuerzas de seguridad hicieron sus propios esfuerzos para luchar contra la guerra de propaganda. Los sospechosos detenidos por la policía o los soldados eran obligados a confesar ante las cámaras de televisión. En un caso, un niño de catorce años en manos de los soldados dijo a los periodistas que había decapitado a cuatro personas. Otros sospechosos fueron mostrados en los vídeos de interrogatorios, detallando sus vidas como asesinos en masa y la forma en que mataron a cientos – cifras para el prime time de los noticieros. En 2009, los marinos mataron a tiros al narco mexicano Arturo Beltrán Leyva, alias "El Barba", en la ciudad balneario de Cuernavaca. Cuando los periodistas llegaron a fotografiar su cuerpo, los pantalones de Beltrán habían sido bajado a los tobillos y billetes de dólar decoraban su cadáver. Fue otro ejemplo de la propaganda de la violencia.

En 2011, el gobierno de Calderón llevó a cientos de medios de comunicación para firmar un pacto nacional para regular la cobertura mediática de la guerra del narcotráfico en México. El primer punto fue: "No ser voceros del crimen organizado", y también abogó por no "interferir" con la lucha contra el crimen. Sin embargo, varios importantes periódicos y revistas se negaron a apoyar el pacto, argumentando que era un intento de censurar a la prensa. El gobierno estaba tratando de hacer la guerra contra el narco en privado, dijeron, al limitar la cobertura de la misma. Algunos funcionarios del gobierno mexicano sin duda han corroborado este punto de vista en mis conversaciones con ellos, traicionando la idea de que la violencia narco es ante todo un problema de la imagen de México en el mundo, y no de las víctimas.

Pero mientras que el propio pacto fue olvidado en gran parte, la cobertura mediática de la guerra narco ha disminuido en el último año, con actos espectaculares de violencia que reciben menos espacio en los programas de noticias y videos narco ignorados. Esto se debe en parte a los editores que no quieren difundir propaganda de carteles y en parte a una disminución pequeña en el número de muertos (que sigue siendo escandalosamente alto). Pero también es debido a la sobresaturación. La gente ya no se sorprende por montones de cabezas en México. Ha habido demasiados.

En 2012, el PRI volvió al poder bajo la presidencia de Enrique Peña Nieto, gracias en cierta medida a los votantes que creen que la vieja guardia podría restablecer el orden. Tal vez, las elecciones fueron amañadas en gran parte del siglo XX, decía la gente, pero al menos no tenía psicópatas con manía para cavar fosas comunes para cientos de víctimas. Peña Nieto promete que el PRI es un partido democrático, ofrece  que nunca más volverá a controlar la prensa al igual que sus gobiernos hicieron en la década de 1970. El tiempo dirá si esto es cierto, y cuánto mexicanos estarán dispuestos a sacrificar ciertas libertades si creen que les traerá más seguridad.

El mundo tiene que prestar atención a cómo funciona este sistema. México es importante no sólo por la fascinación mórbida con cabezas cortadas en los vídeos de Internet, sino porque este nuevo tipo de conflicto puede suceder en muchos otros países. Los grupos criminales con armas de grado militar, gobiernos débiles y corruptos, y el crimen organizado dominan trozos de la economía son las amenazas en todo el mundo. Un tema central en el siglo XXI es cómo podemos garantizar nuestra seguridad de estos desafíos, y aún así defender nuestras libertades.

 Traducción; Arturo Villegas/ Observa los Medios A.C.

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